La naturaleza y el mal

 



La naturaleza y el mal, del libro Subiendo la cuesta, Homenaje a Joan Manuel Serrat.


Si el hombre es un gesto

el agua es la historia.

Si el hombre es un sueño

el agua es el rumbo.

Si el hombre es un pueblo

el agua es el mundo.

Si el hombre es recuerdo

el agua es memoria.

El hombre y el agua

Joan Manuel Serrat.

Un matrimonio con sus tres hijos acababan de llegar desde la capital, con el objetivo de disfrutar del primer verano en que autorizaron la movilidad desde que comenzara la pandemia por la covid.

Eran casi las diez de la mañana. El día estaba lleno de sol, pájaros y colores. Tomaban mate y charlaban animosamente, mientras terminaban de ordenar los paseos que realizarían en esa primera jornada de vacaciones. Estaban en su sitio preferido, un pequeño pueblo de calles de tierra, ubicado en el corazón de su enorme país.

Al dirigirse a otro sector del camping para ir a buscar más agua caliente, Joaquín, el hijo mayor, se detuvo con la vista fija en el horizonte y gritó:

—¡Miren, hay mucho humo, debe ser un incendio! 

—¡Vamos, vamos, apurémonos! —respondieron quienes lo escucharon, mientras cada uno convocaba a otros, también a los gritos.

Tanto a través de personas que tenían amigos en el pueblo, como por intermedio de las radios locales, comenzaron a llegar hasta el camping noticias precisas.

Fue el comienzo de un día en el que Joaquín y su padre estuvieron combatiendo el fuego desde muy cerca, mientras que el resto de la familia acarreaba agua y cargaban tanques que otros arrimaron donde hacía falta.

El calor era difícil de tolerar; no tardó en cortarse la luz y la señal de telefonía. Se escuchaban sirenas por doquier y en la zona solo circulaban vehículos con tanques en su interior o cargados de cajones con provisiones.

Quienes enfrentaban desde más cerca el fuego veían, asombrados, cómo su piel comenzaba a tomar el color de las cenizas. Ellos sentían tanta sed, como así también una inmensa fuerza que se contagiaba y parecía inagotable. 

Envueltos en confusión y desamparo, veían desaparecer los autóctonos molles, algarrobos y mistoles, junto a los invasores pinos y eucaliptos. El fuego no hacía diferencias, se comía casas enteras, incluyendo su pasado y su codiciado futuro.

Comenzaron a llegarles frutas a los voluntarios, quienes las devoraban por hambre y sed; y también bidones de agua que todos

compartieron sin preocuparse por el virus que aún era una amenaza: esa angustia debía esperar para otro momento.

Pasaban las horas y el espíritu se mantenía combativo, con los deseos intactos y las ganas inalterables.

Los turistas peleaban contra las llamas junto a los hippies, que fueron afincándose en la zona, y a los descendientes de nativos comechingones, de aspecto más rudo y con el mismo sentimiento a flor de piel. Todos juntos: locales de ambos «bandos» y visitantes; bomberos; adultos soñadores convencidos de no haber envejecido, y jóvenes descreídos de todo; pudientes y deseosos; todas y todos, codo con codo.

Cada cual, desde el lugar en el que pudiera ayudar, gritaba su bronca hacia los intereses que generan los incendios y las dificultades para apagarlos; y también gritaban, sin pronunciar palabras, su respeto a la Pachamama.

Cuando se apagaron las llamas, muchos lloraron; sentían la angustia aplacarse y que la felicidad ocupaba su lugar. Los que aún podían estar despiertos velaron las cenizas, hasta que llovió.

A esta tierra le sobran bellos paisajes y se nutre de gente comprometida. En los ojos de quienes la habitan y visitan, brillan las ganas del despertar, ellos exhalan deseos, son semilla fértil que no quiere extinguirse, se multiplican por amor.

Padre, decidme qué 

le han hecho al bosque que ya no hay árboles. 

En invierno no tendremos fuego 

ni en verano sitio donde resguardarnos. (1)


Un amigo de Joaquín, Mario Cuesta, estaba en otro sitio del país, en el litoral, cerca de la frontera con Paraguay. Al restablecerse las comunicaciones, Mario pudo conocer las vicisitudes de su amigo yle narró lo que vivió y lo que pudo enterarse que sucedió en esas rojas tierras misioneras.

Padre, si no hay pinos

no habrá piñones, ni gusanos, ni pájaros.

Padre, donde no hay flores

no se dan las abejas, ni la cera, ni la miel. (2)

.

—¡Fuego…! —gritó Aramí, el primer niño en levantarse ese día. 

Los Mbyá Guaraní, al dejar cada mañana sus precarias viviendas, miran al cielo y a la tierra; saludan a su padre y a su madre. El fuego no se veía ni olía aún, pero sus mayores le habían enseñado a saber lo que sucedía en su entorno antes de que los sentidos le ratifiquen los sucesos.

Aramí, con tan solo ocho años, sabía que el fuego ya les había robado el futuro a muchos árboles centenarios y también que otros habían sido talados y vendidos por aquellos que se iban apoderando de las tierras. El niño sentía un profundo dolor al pensar en esos árboles que les habían dado a sus antepasados sombra y calor, regalado frutos y materia prima para realizar los productos con los que recuperaban la salud. También sabía que el agua de las napas subterráneas y los manantiales se estaba acabando porque los estaba secando el Mal.

Gran parte de los jóvenes de las comunidades originarias de la zona se habían marchado buscando lo que creían que les hacía falta.

El dinero solo les servirá para comprar objetos que en su comunidad no necesitaban. Los mayores, por su parte, siguen queriendo encontrar la Tierra Sin Mal.

Los padres de Aramí lo educaron de acuerdo con su cultura. Ellos no saben aún si él también se irá o si se quedará y podrá llegar a ser el próximo líder de su pueblo.

El pequeño alertó a sus mayores.

—Vamos —dijo el cacique—, que las mujeres recojan a los niños y las semillas y se dirijan a la ruta; que tomen el camino más largo para salir, porque el viento viene del norte. Los demás iremos a combatir las llamas para intentar demorar su llegada todo lo que nos sea posible.

A esos habitantes empobrecidos y desatendidos los guía su sabiduría ancestral. Ellos no piden permiso, saben cuidar de la selva mejor que nadie.

Al resto de los vecinos se les impidió arrimarse al fuego ya que existía peligro de que cambiara la dirección del viento y pudieran quedar atrapados por las llamas. Ellos se organizaron con suma rapidez y se dedicaron a conseguir herramientas, comida y agua.

Un bombero de origen catalán, llegado con cinco años a la región al exiliarse sus padres, miraba con desesperación la violencia con que el fuego destruía la selva que sentía propia, mientras pensaba que no les alcanzaría toda el agua del Mediterráneo para impedir esa tragedia.

Los dueños de la tierra enfrentaron al fuego como a la vida, sin temor, mientras miraban al cielo esperando agua. Del cielo no esperaban nada más, de quienes gobiernan tampoco. Ni aliento les quedaba, pero continuaban defendiendo aquello que les había dado abrigo, alimento y medicina. Defendieron su casa y a su madre tierra.

La lluvia tan ansiada, finalmente llegó.

Cuando el cacique entendió que ya no corrían peligro, pidió un transporte para trasladar a las mujeres y niños a sus tierras donde, como siempre, volverían a comenzar.

Les enviaron el camión con el que suelen recoger la basura. El cacique solo miró a los ojos al conductor con algo que en él no podría definirse como odio. Sabía que, una vez más, habían ofendido la dignidad de su gente, de gente que había salvado la vida de animales y vegetación en miles de hectáreas con su incansable labor.

El fuego mata la historia, destruye la sombra e intenta que la tierra no tenga futuro; pero en cada oportunidad, muchos animales huyen y se reproducen y las semillas se esconden debajo de piedras, o en algún recodo en el que haya quedado humedad. La naturaleza sabe que debe seguir viviendo para dar vida.

Cada vez que el fuego decida destruir, los habitantes de la selva lo combatirán. Comunidades y animales luego volverán, aunque allí apenas se pueda sobrevivir, ellos volverán. Es su tierra, y no pierden la esperanza de ahuyentar el Mal que aún perdura.

Padre, que están matando la tierra.

Padre, dejad de llorar

que nos han declarado la guerra. (3)


1 Traducción de un fragmento de Pare - J.M.Serrat.

2 Traducción de un fragmento de Pare - J.M.Serrat.

3 Traducción de un fragmento de Pare - J.M.Serrat.


Serie Relatos Temáticos:

Leer tomando café

Subiendo la cuesta.

Homenaje a Joan Manuel Serrat


Autoras: Adriana Mesiano y Patricia Mesiano


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Los libros Leer tomando café y Subiendo la cuesta, homenaje a Joan Manuel Serrat, están disponibles en libro electrónico (ebook) para recibirlo en cualquier rincón del mundo, y en papel para los países donde la plataforma posee imprenta (Estados Unidos, España y otros). 

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Subiendo la cuesta se editó en papel en Editorial Dunken de Argentina, pero en la editorial y en las librerías de toda Argentina, así como las cadenas Yenny El Ateneo y Cúspide está agotado. Las autoras disponen de algunos ejemplares, consúltenos y le daremos la información de cómo obtenerlos.


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